martes, 13 de octubre de 2015

¿Es correcto abrirle el micrófono a una niña?


Estimado Gabriel:

Vi el programa de Santo y Seña sobre el abuso sexual a dos niñas, y leí algunas de las repercusiones, incluida tu columna (http://www.elobservador.com.uy/santo-y-sena-y-una-nena-abusada-es-etico-abrirle-el-microfono-un-nino-n685531), por servirme para las clases de Ética Aplicada en la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Católica. Me fue útil por la actualidad respecto al curso, no por la novedad de los desafíos profesionales que plantea el caso, porque  no son novedosos.

En tu columna pretendés echar por tierra “cualquier juicio presuntamente profesional” sobre lo realizado por Santo y Seña,  por las confrontaciones de las tribus periodísticas, incluida la tuya propia, porque pertenecés a alguna de esas tribus y estas líneas, por haber pertenecido yo a una.

De todas maneras, haré el esfuerzo de realizar una reflexión sobre dichos desafíos y los que tú mismo planteás en tu columna, con la esperanza de que, al menos, puedan servir a los estudiantes de mi curso, como una voz más entre tantas.

Parto de la base de que la Ética es una disciplina filosófica que se interroga sobre lo bueno y lo malo, la corrección e incorrección de las acciones humanas, cuáles son los criterios y valores para definir lo correcto, los medios y fines, los valores, la felicidad y muchas otras cosas.

La reflexión ética identifica así varias teorías y posturas acerca de los temas que estudia. Plantearnos si es correcto que la periodista de Santo y Seña hiciera la entrevista a la niña sobre los abusos sufridos implica una postura previa sobre cuál es el criterio para determinar lo correcto.

Para esta reflexión me inscribo en una postura que tiene como referencia  la Declaración Universal de Derechos Humanos y las sucesivas convenciones, ya que es referencia ética tanto de las Constituciones de muchos países como de sistemas legales y códigos de ética profesional.

Ahora bien, ¿cómo aplicaré esta suerte de código general de ética? ¿Lo interpretaré de acuerdo a mi conveniencia personal o de una corporación, o a mis sentimientos o a la conveniencia y opinión de la mayoría o a rajatabla como un deber? No, lo haré reconociendo una relación articular entre los distintos valores plasmados en la declaración y aplicándolo con una metodología procedente de la ética discursiva cuyos principales exponentes son Jurgen Habermas, Friedrich Karl-Otto  Apel y Adela Cortina.

Dicha Declaración, como marco de referencia, expresa valores relacionados con el valor supremo que se atribuye a la persona humana. Respecto al caso en cuestión, debemos decir que los artículos de la Declaración se aproximan pero no encontraremos una referencia expresa, a saber: art. 3, “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”; art 5 “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”. En consonancia, la Convención Internacional sobre los derechos del niño, establece por una parte su derecho a la libertad de expresión y por otra, específicamente el art. 19, su protección contra cualquier tipo de perjuicio.

Así situados, nos planteamos el problema ¿es correcto realizar y difundir una entrevista periodística a una niña sobre los abusos sexuales sufridos?

Cuando nos planteamos un problema ético, al menos en comunicación, es porque existe la presunción de que hay un conflicto de derechos entre los sujetos involucrados. Desde esta perspectiva podemos reformular la pregunta ¿es perjudicial para la niña realizarle y difundir una entrevista periodística? ¿No está ejerciendo su derecho a la libertad de expresión? Si la entrevista no se realiza, ¿cuán perjudicado resulta el público? Pero antes de resolver esto aún hay una pregunta metodológica previa, ¿son competentes la ética filosófica, la especialidad en Derechos Humanos o la profesión periodística para determinar, por sí solas, si puede ser dañino realizar una entrevista periodística de tal naturaleza? Y otra, ¿puede la niña ejercer libremente su derecho a la libertad de expresión si no es capaz de advertir el daño que le puede sobrevenir por ello?

Creo que cualquier periodista honesto debería reconocer  que es necesario el conocimiento de otros profesionales como los periodistas especializados en infancia víctima de abusos y psicólogos infantiles, para determinar si una entrevista periodística como la realizada puede perjudicar a la niña. He aquí un punto muy importante, porque si un profesional competente dijera que no perjudica, entonces, el dilema ético se disuelve o deja de existir.

La presunción de que el periodista o el filósofo es un todólogo competente para juzgar todo sin que pueda caer sobre él ningún juicio legítimo parece soberbia. La misma experiencia del periodismo indica la necesidad de especialización y por tanto formación específica en salud, economía, agropecuaria, tecnología, ciencia, cultura, política, y otras tantas ramas en que se especializa.

Volviendo al caso, los periodistas de Santo y Seña ¿son especialistas en el tratamiento de estos casos? Si no lo son, ¿recurrieron a especialistas idóneos para asesorarse de cómo tratar el caso en general y el tema de la entrevista en particular? ¿Y por qué debía pasarle por la cabeza a un periodista que debía recurrir a un especialista en la materia? Y bueno, porque es de sentido común como dirías vos, Gabriel; porque se trata de un tema complejo, porque el rigor periodístico como virtud supone recurrir a las herramientas y especialidades necesarias para un abordaje pertinente y completo del asunto a informar.

 Yo tengo  experiencia de tratar estos casos con periodistas especializados en el abordaje de este tipo de temas.  Este conocimiento me indica que sí, que una entrevista de esta naturaleza resulta perjudicial a la niña. En base a esto puedo establecer como juicio hipotético a chequear con un profesional, que es incorrecto realizar esta entrevista por los perjuicios que pueden acarrear a la niña y que no pasan solo ni tanto por la posible revelación de su identidad, que digamos de paso que no pudo ser preservada suficientemente, ya que un twitt de un televidente leído por los conductores del programa reveló que la familia había sido identificada.

Yo creo que hay otro tipo de recursos, por lo que concluyo que los periodistas y el medio (que también es responsable) actuaron incorrectamente desde la perspectiva de los Derechos del Niño y que, al menos, debieron haber dado intervención a un psicólogo infantil para asegurar esos derechos. Pero tal vez tengan ellos otra postura ética y por eso para ellos fue correcto su actuar y dentro de su lógica (que no sería la de los Derechos del Niño), justificable.
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Gabriel, la verdad es que ponés en tu columna muchos temas sobre la mesa que merecerían mucha más reflexión, pero no quiero dejar pasar tu conclusión: “las únicas armas que valen para lidiar con esas circunstancias son el sentido común, las buenas intenciones, la honestidad en el proceder y el peso de nuestra conciencia….” Debo decir que te tirás demasiada responsabilidad en solitario. Como he tratado de mostrar, un periodista no debe ponerse siempre solo frente a un caso a desentrañar. Lo tuyo es muy romántico. Un periodista debe desconfiar siempre de sus capacidades para indagar, valorar, procesar y comunicar información en forma entendible a su público. Además del rigor, entonces, debe cultivar la virtud de la humildad y acudir a los que saben más que él.